Qué ver en Aix en Provence

9:00


A las 9,25h de la mañana siguiente teníamos tren dirección Aix en Provence y al llegar Geraldine ya nos estaba esperando.

Ella majísima nos acompañó hasta nuestro bed & breakfast de Marie, Le Jardin de Marie.

La verdad es que era la primera vez que iba a uno y no solo eso, era una casa típica francesa de ventanales enormes y molduras en el techo, preciosa.


Las habitaciones eran muy pequeñitas pero estaban bien equipadas… aunque lo mejor llegaría al día siguiente.

Esa mañana paseamos con Geraldine por Aix en Provence y suerte era domingo porque hubiera entrado en la mayoría de tiendas.

Se percibe por sus calles y tiendas que es una ciudad burguesa y que sus habitantes son bien, todo y que hay que decir que lo que más nos gustó fue el mercado que a diario se celebra.

Las verduras eran fresquísimas y los quesos… mmm, nos hubiéramos llevado toda la parada.


Hasta la hora de comer estuvimos paseando por las calles y edificios más representativos. Aunque todo era francamente bonito sin duda, lo más destacable es el encanto de los pueblecitos franceses.

Al mediodía estaba previsto comer en La Fromagerie pero al estar cerrado en domingo, acabamos en Le Mado, que no estuvo nada mal.

Comenzamos con ensalada y de segundo escogimos entre lubina y cordero con especias.


Mylène se unió en esta ocasión a la comida ya que ella iba a ser nuestra guía durante la tarde.

Aix en Provence es muy conocido no solo por la zona en la que se encuentra, sino porque está situado en la Provenza, lugar de encuentro de los pintores impresionistas.

Paul Cèzanne nació y murió aquí.

Aquí tenía su casa y su taller, aunque no hay ni un solo cuadro en toda la ciudad, así que era de obligada visita a su atelier que está abierto al público, y por toda la ciudad encuentras chapitas en el suelo que indican el camino que a diario hacia el pintor por la ciudad.

Él murió en 1906, así que en la época su atelier estaba situado en las afueras de la muralla de la ciudad, sobre una de las colinas.


Compró el terreno e hizo construir en 1902 la casita compuesta de un grandísimo ventanal orientado al norte para que la luz fuera más tenue, y un pasa cuadros que le permitiera extraer de la casa sus grandes lienzos.

Muchos de sus objetos todavía se encuentran dentro como aquellos que retrató en sus cuadros de naturaleza muerta, su sombrero, batas, cartas… sentías que Cèzanne revoloteaba por allí con sus pinceles.

Desde sus ventanas podías ver los campos tan típicos de la Provenza aunque ahora, llenos de construcciones.

Seguimos conociendo la ciudad y Mylène nos contó que eran muy populares sus aguas termales algo que nos sorprendió porque nunca antes lo habíamos oído.


Aix en Provence era conocida por ser la ciudad de las 1000 fuentes, aunque en la actualidad tiene unas 500 entre públicas y privadas.

Para acabar el recorrido acabamos en el museo Caumont, que años atrás era lugar de libertinaje de los locales y que hoy en día alberga un pequeño museo y unas salas de té rococó tan típico francés.

La entrada cuesta 11€ y la verdad, a parte de los salones tiene poco que ver, por lo que el precio creo no está demasiado justificado.

Por la mañana nos levantamos en el bed & breakfast y Marie nos tenía preparado el mejor desayuno que he visto nunca, todo super bien puesto y delicioso como no.

Los croissants de mantequilla, granola con queso, tostadas… un desayuno muy copioso en su comedor de molduras.

El último día íbamos a pasarlo en una clase de cocina en L’âne À Nageoires y Marion iba a ser nuestra chef.


El menú del día iba a ser gnochis de remolacha y boniato.

La verdad es que de entrada el menú me sorprendió, no esperaba cocinar un plato típico italiano en la Provenza francesa... pero bueno, no se podía escoger.

Aunque lo anecdótico estaba por llegar.

Sabíamos que fuera de España se acostumbra a cocinar con mantequilla, pero no con tanta mantequilla, así que fue omnipresente durante toda la preparación, en cada uno de los pasos y de inicio a fin.

Llegó cierto momento es que se nos empezó a hacer tal nudo en el estómago, que empezamos a poner caras raras y a comentarle a Marion si no podía ser posible no poner tanta. Pero ya estaba todo hecho.

Gastamos más de 2 barras de mantequilla... y eso que el resultado final del plato no era lo que se dice abundante, así que echa cuentas.


La verdad es que no es una experiencia que repetiría, sí si fuera para cocina francesa con límite de grasas pero no para semejante festival.

Corriendo comimos y salimos corriendo porque a las 14h salía el bus que nos iba a llevar a la estación del TGV, nos esperaban 3 cambios de trenes por delante...

Al llegar a la estación vimos anunciado que el tren llevaba un retraso de 45 minutos, lo que provocaba que íbamos a perder todo el resto de conexiones.

Por suerte en la oficina de atención al cliente no había gente y nos atendieron enseguida, le preguntamos si había alguna alternativa y casi sin dudar, nos buscó otra combinación de trenes que nos hiciera posible que ese día llegáramos a casa ¡menos mal!

Ir en tren no es difícil, pero cuando son tantos los trenes a conectar... la cosa se complica, por suerte tuvo un final feliz nuestra estancia en la Provenza.

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