Un día en Marsella

9:00


¿Quién no ha querido pasear entre campos de lavanda?

El primer fin de semana de marzo cada año las Fashion Travel Bloggers nos escapamos a algún destino Europeo, es ya una tradición y este año tocaba la Provenza francesa.

Eran semanas de mucho trabajo y justo antes de irme a un largo viaje, pero cuadré fechas en el calendario para poderme escapar porque siempre hay diversión asegurada.

El viernes por la tarde cogí el AVE desde Girona para ir dirección a Marseille, la mejor manera de llegar a destino, la red de trenes francesas está genial conectada y los asientos son súper cómodos.

A las 21,30h llegamos a Marseille, nos vinieron a recoger y nos llevaron a la La Residence Du Vieux Port, un hotel de 4* que como el nombre bien indica, se encuentra en el puerto de la ciudad.

El hotel es chulísimo, así que si vienes por esta zona te lo recomiendo porque sin duda es de los mejores en lo que he estado. El personal es super atento, la comida del restaurante muy buena, la cama comodísima y con 4 tipos diferentes de almohadas y que decir del desayuno, todo buenísimo, incluso con zumo de naranja natural, algo realmente difícil de encontrar.

A las 9h llegó Marion, responsable de la oficina de turismo de la ciudad que nos iba a acompañar durante el día.

Lo primero que hicimos fue visitar una tiendecita pequeña donde vendían jabón de Marseille y ahí mismo, nos enseñaron el proceso hasta llegar al producto tal cual lo compramos.


Compuesto de un 75% de aceite de oliva y un 25% de agua, se calienta durante tres días hasta que reduce y se convierte en jabón, ahora entendía por qué era tan valorado.

Después fuimos a pasear por la zona de Les Docks que como el nombre indica, es el puerto de mercaderías de la ciudad que albergaba almacenes.


Tengo que decir que antes de ir a Marseille y cada vez que decía a alguien que iba a ir, los comentario no eran demasiado buenos y me estaba empezando a asustar por lo que nos íbamos a encontrar.

Nada más lejos de la realidad.

No nos encontramos una ciudad fea ni tampoco insegura, todo lo contrario, se notaba había una gran inversión de dinero que había permitido rehabilitar todas aquellas zonas que habían sido marginadas durante años.

Entre estos barrios estaba Les Docks, habían sido almacenes del puerto y ahora se han convertido en un centro comercial con tiendas bien y oficinas, todo precioso.


Justo enfrente está La Terrasse Du Port, un centro comercial al uso pero con unas vistas preciosas del Mediterráneo.

Comimos en L’Embarcadere, uno de los muchos nuevos restaurantes de la zona especializado en carne, ya que los dueños tienen una granja y toda la carne que sirven, viene directamente de su propiedad.

Allí comimos tartar de pescado blanco y “bourguiñon”, que es como una carne en salsa super tierna.

Al final de la comida se unió Natalie, que iba a ser nuestra guía y la encargada de enseñarnos el MuceM, un edificio mixto espectacular construido de hormigón, que alberga oficinas, museo y restaurantes. Totalmente recomendable.

De ahí seguimos por la parte amurallada de la ciudad, de la que nos comentó que no había podido ser visitable hasta hacia 3 escasos años ya que no estaba rehabilitada y era muy inseguro caminar por la zona.

Seguimos por el barrio Le Panier, muy bohemio, lleno de edificios afrancesados de contraventanas y colores ocres.


Lo último que nos quedaba por hacer era ir al barrio de Prado a visitar el primer edificio de multi viviendas diseñado por Le Corbusier.

Curiosamente Le Corbusier quiso concebir este complejo como un todo en uno es decir, que quienes vivieran ahí pudieran tener todo lo que necesitaban sin necesidad de salir: panadería, colegio, tiendas, zona verde, gimnasio…

Construido principalmente para la clase obrera, finalmente fueron los funcionarios de la ciudad quienes lo habitaron.

Teóricamente teníamos visita concertada para poder ver uno de los dúplex que están abiertos pero por desgracia, nos quedamos con las ganas.

Volvimos al hotel para descansar, porque a las 20h habíamos quedado de nuevo con Marion para ir a cenar al Mercat de Saint Victor.

Pensábamos que era un mercado pero no, resultó ser un local bastante grande lleno de paradas como de mercado de diferentes tipos de comida, y donde podías comer.

Cada parada tenía su especialidad: quesos, charcuteria, ostras… y podías comprar en la que más te apeteciera y sentarte allí mismo a comer. El problema fue que había mucha gente y sentarte era difícil, por suerte teníamos mesa reservada.

Marion eligió por nosotras y nos trajo comida de L’Epicerie: croquetas, embutido, pollo rebozado con especies, pizza de verduras… la verdad que estuvo todo muy bueno.

La experiencia marsellesa acababa aquí, había sido un solo día pero intenso.

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